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Una historia real.

Jorge43

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27/11/15
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Hace varios meses yo me encontraba, por motivos personales, en una capital de un país hispanoamericano. Estaba alojado en un humilde hotel, en el centro histórico de esa gran urbe.

Era muy temprano, el día no había comenzado, y salí a la calle. Las luces de las farolas apenas si alumbraban la noche, y no dejaban ver bien el oscuro pavimento húmedo. Las calles estaban desiertas.

Fui caminando hacia la zona financiera de la ciudad, para admirar los rascacielos, pues desde niño siempre me han impresionado los edificios muy altos.

Las primeras luces del alba ya iluminaban los cristales de los rascacielos, en una inmensa avenida, llena de bancos y empresas multinacionales.

La gente iba apresurada a sus oficinas. Quizás muchas de estas personas venían de muy lejos, de la zona metropolitana y se habían levantado incluso antes que yo.

En mitad de la gran acera, yacía un hombre sin techo. Dormía. La gente lo ignoraba e incluso se ladeaba de él, pues olía como los demonios. Ni tan siquiera tenía unos cartones que le resguardaran de la humedad del suelo, ni estaba tapado con una manta. No le vi el rostro.

Seguí caminando hasta el final de la avenida y di la vuelta por la otra acera. Embelesado, miraba los rascacielos. Pero, ¿y el hombre indigente?, me pregunté. Crucé la inmensa avenida de acera a acera, saltando entre los coches y la anarquía de tráfico de esa ciudad. Y allí estaba él.

Se despertó. Yo me senté en un banco de piedra y me encendí un cigarrillo. Se incorporó con mucho esfuerzo e intentó arreglarse su pelo enmarañado mirándose en los cristales de un cajero automático. No le vi el rostro.

Estaba descalzo. Llevaba unos pantalones roídos que apenas si le cubrían las pantorrillas. Y una chaqueta de cuero negro. Sus únicas posesiones eran una mochila y una bolsa de plástico con envases vacíos de agua, zumos y leche.

Justo al lado había una tienda de 24 horas. Pasé y le compré un vaso grande de chocolate caliente. Al salir me acerqué a él y le dije: "tome, bébase este vaso de chocolate, le sentará bien". Giró su cabeza, me miró, y esbozó una sonrisa blanca y radiante con sus dientes perfectos mientras me decía "¡qué lindo!".

Era una mujer. Por su aspecto le calculé una edad de unos 50 años. Tenía 25. Su nombre era María.

El encargado del banco nos insultó y yo cogí de la mano a María y nos fuimos de allí. Era una mujer alta, casi tanto como yo (mido 1,78), con unas manos y unos pies muy grandes, de raza blanca, aunque estaba tan sucia que parecía de raza negra.

Su delgadez era tan extrema, que parecía recién salida de un campo de concentración nazi.

En la gran avenida, una indigente y un extranjero. La gente se nos quedaba mirando y se reía de nosotros.

Cogidos de la mano la llevé a un parque cercano, para que ella pudiera sentarse y estar más cómoda. El trayecto era muy corto, pero como ella apenas si podía caminar, tardamos casi una hora.

Sus pantalones, al caminar, se le caían al suelo y yo le decía "María, corre, súbete los pantalones, que la gente te mira". Pero no podía agacharse y yo le tuve que subir los pantalones ensangrentados varias veces. Pero ella me miraba, me sonreía y repetía siempre la misma frase "¡qué lindo!".

Ella no tenía problemas con el alcohol ni con ninguna droga. Sólo fumaba tabaco como yo. Me dijo que hacía 5 meses que nadie le dirigía la palabra. Lloré por dentro cuando me contó su historia, porque en esta sociedad nuestra se nos "prohíbe" llorar por fuera a los hombres.

Tenía llagas y heridas supurantes en las piernas, los pies y las manos. La carne del cuero cabelludo la tenía comida por la sarna.

La senté en un banco. Fui a comprarle un buen desayuno y volví al banco. Le dije "María, mientras tú desayunas, yo voy a comprarte ropa, calzado, lo que encuentre por ahí, no te muevas de aquí".

Y me fui corriendo y entré a varias tiendas, donde le compré lo que pude: pantalones, unas zapatillas deportivas, camisetas, ropa interior (porque estaba desnuda), un chubasquero con capucha, etc.

Al regresar le puse las zapatillas deportivas, cogiendo sus pies llenos de heridas. Después le dije "María, pasa a esos baños públicos que están aquí detrás de nosotros para que te pongas la ropa que te he comprado". Me contestó "señor, no me dejan entrar, porque estoy sucia y enferma". Le repliqué "María, no me llames señor, pues no lo soy, soy una persona como tú, ni tan siquiera me hables de usted".

Y en mitad del parque, ante la mirada morbosa de los viandantes, se desnudó y se puso la ropa nueva y limpia que le había comprado.

Le dije "María, vamos a un médico, estás enferma, no te preocupes, yo lo pagaré todo". Y me contestó "gracias, pero ya has hecho mucho por mí, has hablado conmigo, cosa que nadie hace, y ahora que me has vestido y ya no parezco una indigente, me cubro la cabeza con la capucha del chubasquero que me has comprado, para que nadie vea mis infecciones en el cuero cabelludo y puedo subirme al transporte público, pues en la otra parte de la ciudad hay un albergue para personas como yo, con médico, y puedo estar allí 3 noches".

Le di una cierta cantidad de dinero, suficiente para poder comer en ese país durante un mes.

La acompañé hasta la parada del autobús. Me abrazó y me dijo nuevamente "¡qué lindo!". Este es el último abrazo que he recibido hasta el día de hoy. Y se marchó.

Las manos me picaban a rabiar al haber tocado los pies de María y haberla cogido de la mano para que ella pudiera caminar. Y su olor a demonios, ahora era mi olor. Pasaron dos semanas hasta que se me fue ese olor.

No, no soy ningún héroe por haber hecho esto. Sólo hice lo que me gustaría que hicieran conmigo cuando yo me encuentre en la situación de María.

Gracias María por ese abrazo. Para ti, va dedicada esta canción de un grupo desconocido español:

 
Última edición:

Neo

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Me ha gustado la historia y tu generosidad :aplausos:
 
B

Belen

Bien hecho Jorge, esto que cuentas te hace muy grande, gracias.
 

Jorge43

Usuario veterano
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Gracias Belén a ti por leer "Una historia real".
 
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