Trastorno de la personalidad por evitaciónevitacion.com
Trastorno de la personalidad por evitación

Fobia social
 
EP / Madrid. La fobia social se define como el temor a relacionarse con los demás, incluyendo el miedo a ser evaluado por los otros, en cualquier situación social. Las hipótesis actuales apuntan a un mayor riesgo en los niños pequeños con conductas inhibitorias y a su desarrollo durante los años de la adolescencia, en los que las relaciones sociales cobran especial importancia.
 
Los criterios o síntomas que establece para su diagnóstico el manual de referencia de los trastornos psiquiátricos (DSM-V) son el temor a la interacción social, sufrir ansiedad grave, evitar las situaciones sociales, sufrir deterioro en algún área importante o varias de la vida y que estos temores no se atribuyan a otro trastorno o enfermedad médica.
 
Según explica Vicente Caballo, investigador y catedrático de Psicopatología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada, los datos desde el ámbito de la Psicología apuntan que el trastorno podría estar presente en hasta un 6% o 7% de la población. El diagnóstico de los casos es más reducido ya que, entre otros aspectos, estas personas temen el hecho mismo de acudir a consulta con un médico o psicólogo desconocido.
 
"Muchos de ellos acuden a consulta tras muchos años, incluso tras 12 o 14 años sufriendo el problema, cuando toda su vida está organizada alrededor de la fobia. Acuden entonces forzados por algún familiar o cuando ya no aguantan más", señala Caballo que hace especial énfasis en que el tratamiento de la patología es más fácil y eficaz de lo que en principio pudieran creer quienes la padecen.
 
Se considera que en la estructura básica de la fobia social existen 5 dimensiones en las que la persona sufre miedo y desarrolla ansiedad: ante los desconocidos, frente al sexo opuesto, a hablar en público, a expresar el malestar (falta de asertividad) y a hacer el ridículo o a quedar en evidencia.
 
Los investigadores del equipo de Caballo llevan más de 10 años estudiando la fobia social junto a colegas de Portugal y de 18 países latinoamericanos a través de más de 150 equipos de investigación que han estudiado a más de 50.000 personas de la población general y a 700 pacientes diagnosticados de fobia social.
 
Los autores han desarrollado un cuestionario para identificar la fobia social a través del que han podido definir estas dimensiones y trabajan sobre un programa de tratamiento dirigido a estas cinco características básicas adaptadas a la cultura latina. Sus últimos resultados se han publicado en 2012 en la revista internacional 'Behaviour Therapy'.
 
Raíces en la infancia
 
En cuanto a aquellas personas bajo un mayor riesgo, los estudios señalan que el trastorno puede comenzar en los primeros años de vida en aquellos niños con un temperamento de inhibición conductual que muestran comportamientos como asustarse con facilidad ante situaciones nuevas o incluso juguetes, los que lloran en mayor medida sin justificación aparente o que presentan más miedo ante los extraños.
 
"Son niños más propensos a sufrir fobia social en la adolescencia y vida adulta y si además, en estos primeros años de vida sus padres los sobreprotegen esto les dificulta superar estos miedos", señala Caballo.
 
Si a esto se une que estos niños más vulnerables puedan pasar por algún tipo de trauma social como burlas de los compañeros de clase o incluso acoso escolar, las posibilidades de tener fobia social en la vida adulta aumentan.
 
La adolescencia es la época de la vida más importante para el establecimiento de las relaciones sociales ya que la esfera social toma más importancia, comienzan las relaciones con el sexo opuesto y los amigos, el grupo, toma más fuerza.
 
El 30% de los menores comienza con la fobia antes de los 10 años y el resto en la adolescencia. "Es muy raro que sin antecedentes un adulto desarrolle fobia social a no ser que haya pasado por algún trauma social muy grave", aclara Caballo.
 
Terapia cognitivo-conductual
 
El tratamiento puede venir de la mano de los ansiolíticos recetados desde la psiquiatría o bien el uso de la terapia psicológica cognitivo-conductual que es la que está dando mejores resultados.
"Ambos métodos tienen ventajas, ya que los fármacos suponen una opción fácil y rápida aunque ligada a posibles efectos secundarios y a su uso crónico. La terapia cognitivo-conductual supone un trabajo que hay que seguir en casa después de trabajar en la consulta aunque tiene resultados duraderos y supone no depender de los fármacos", señala Caballo.
 
En las sesiones de terapia cognitivo-conductual se trabaja la relajación para controlar la ansiedad, se realiza un entrenamiento en habilidades sociales para dotar de herramientas a la persona a la hora de relacionarse con los otros y se ensayan situaciones difíciles de interacción social en un ambiente seguro para el paciente que luego tendrá que poner en práctica en su día a día.
 
En estas sesiones se realiza además una reestructuración cognitiva al trabajar con los temores, los pensamientos anticipatorios y catastrofistas y la posible evaluación o juicio social para cambiarlos por pensamientos positivos que ayudan al paciente a enfrentarse con seguridad a las situaciones que le producen ansiedad.
 
Según explica Caballo, la terapia se muestra eficaz, el pronóstico es muy favorable y en varios meses se consiguen buenos resultados. "Los padres son los que en ocasiones fuerzan a sus hijos adolescentes a acudir a la consulta y tras varias sesiones los jóvenes suelen engancharse al encontrarse mejor. Lo mismo sucede con los adultos, lo importante es pedir ayuda e intentarlo", apunta el investigador.

Libro ansiedad social

El hombre es un ser social, pero no todo el mundo tiene la misma capacidad para relacionarse con otros. Para algunos, pensar siquiera en responder a una pregunta en clase, pedir su número en una zapatería o hacer una entrevista de trabajo implica una presión tal que les paraliza, imposibilitándolos para llevar a cabo cosas que deben o quieren hacer.

No estamos hablando de timidez, si no de un miedo patológico a enfrentarse a situaciones sociales conocido como fobia social. "Hablamos de gente que quiere relacionarse pero no pueden. Les cuesta hablar con otros, expresarse en público o no saben decir que no, lo que frecuentemente les hace ponerse rojos, tener palpitaciones o sudores", explica el profesor titular de la Universidad de Jaén (UJA) Luis Joaquín García López, que acaba de publicar un libro sobre este trastorno, el tercero más común después de la depresión y el abuso de alcohol y otras sustancias.

"He intentado plasmar con lenguaje cercano casi 20 años de experiencia clínica e investigadora", apunta el autor de 'Tratando… trastorno de ansiedad social' (Ediciones Pirámide), destinado especialmente a profesionales de salud mental, aunque es accesible al público en general. "El objetivo –añade el especialista– es ayudar a que la gente sea más consciente de qué problema es éste y poder dar soluciones concretas".

Detección difícil

La ansiedad social  o fobia social afecta a entre un 3 y un 13% de la población adulta y entre un 2 y un 5% de los niños y adolescentes. A veces es difícil detectarla, pero si no se hace a tiempo puede complicarse y derivar en en otros problemas de ansiedad (como ataques de pánico), abuso de alcohol y otras sustancias, depresión o incluso bullying (acoso escolar). De ahí la importancia de un diagnóstico precoz.

"A partir de los 12 años, con la adolescencia, los problemas se hacen muy evidentes. Muchos chicos pasan al instituto, tienen que hacer nuevos amigos y la importancia de las relaciones sociales con los demás y de la apariencia es mucho más grande", señala el investigador del Área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico del Departamento de Psicología de la UJA.

"Los maestros son de gran importancia en la detección. El problema es que se trata de un trastorno que no se ve. Es muy fácil detectar a un niño hiperactivo, pero los retrotraídos, los más callados, esos con los que los profesores están encantados, son los que a menudo tienen fobia social y sufren mucho", cuenta García López, señalando algunas de las pistas que pueden ayudar a la detección.

"Son niños que no tienen muchos amigos, que rehúyen estar con gente y dicen que les duele la barriga para no ir a algún sitio, aunque a veces es justo lo contrario", comenta, poniendo como ejemplo asimismo al gracioso de la clase, que frecuentemente es un chaval que asume el papel de payaso porque no encuentra otra forma de expresarse y relacionarse con sus compañeros.

Cosas de casa

Los padres, también, son fundamentales. "Si los padres son sobreprotectores o son críticos u hostiles y no los incluimos en el tratamiento, los niños no mejoran significativamente", afirma el experto, explicando que los progenitores tienden a solucionarles la papeleta a sus hijos y evitando así que manejen sin ayuda.

"Este tipo de personas suelen buscar a alguien que haga las cosas por ellos –García López habla de 'amigos sombra'–. Son los típicos que en un bar van a pedir pero al final pide el otro. En todo momento necesitan a alguien, y eso es muy peligroso, porque puede generar relaciones de dependencia".

"Tienen problemas para expresar sus emociones y opiniones, por eso se escudan en los demás, porque temen que los critiquen si dicen lo que piensan –expone el profesor–. El miedo les hace no ser ellos mismos. Pasan por el mundo como un fantasma, y es muy triste, porque estamos para disfrutar del componente social".

Para tratar de hacer más visible este trastorno, expertos del Departamento de Psicología de la UJA (que ofrece atención gratuita a la comunidad universitaria) acuden a centros escolares para tratar de informar y orientar sobre la fobia social, permitiendo asimismo el acceso a un intervención precoz y eficaz. Con los adultos es más complicado. "Cuando son conscientes del problema ya ha pasado mucho tiempo y puede haberse hecho crónico", reconoce el psicólogo, para quien lo más importante es que la ciudadanía sepa que hay tratamientos eficaces y que, por tanto, hay una solución.

Fuente: Mª Amelia Brenes, El Mundo

Sofie Hagen tiene fobia social

La comediante británica Sofie Hagen sufre de fobia social. Aquí le cuenta a la BBC cómo utiliza los espacios pequeños para manejar su trastorno.

La primera vez que me escondí en un baño público tenía 14 años. Trabé la puerta, bajé el asiento del inodoro, me senté y esperé a que se me pasara la angustia.

El detonante fue un joven muchacho llamado Magnus que quería besarme porque yo le había prometido una semana antes que sería su novia.

Nunca antes había besado a un chico y, aunque pensé que era algo que quería, mi cuerpo reaccionó de otra manera.

De pronto sentí la necesidad de tener paredes a mi alrededor, lo más cerca posible.

"¡Has estado allí adentro casi una hora!", gritó dentro del baño de mujeres nuestro amigo en común Victor. "Magnus dice que si no sales pronto romperá contigo".

"¡Que lo haga!", le grité en respuesta, y fue así que perdí al primer novio de mi vida pero gané una amistad con los baños públicos y con esconderme en ellos cuando las cosas me superan.

Adelantémosnos al presente. "Me gustaría una mesa para uno en un rincón", le dije recientemente a un camarero en un restaurante.

Tenía altas expectativas para este restaurante porque su baño era perfecto. Estaba en otro piso, alejado de todo. Nadie más podría oírme respirar allí dentro porque los cubículos son completamente cerrados, sin aberturas arriba o abajo.

Cada cubículo tenía además una buena traba y un gancho para colgar mi saco. Era lo suficientemente grande como para que mi trasero se acomodara cómodamente sobre el asiento, sin que la mitad terminara apoyado sobre el tacho de basura que se usa para asuntos vergonzosos de la mujeres.
Y era silencioso: sin música, sin colas, sin otras personas.

Este era un baño cinco estrellas y me quedé allí unos buenos 20 minutos, respirando profundamente (después de tirar la cadena) mientras trataba de recomponerme. Había pasado seis horas enteras entre personas aquel día, personas particularmente ruidosas.

"Si, por supuesto", me dijo el camarero cuando le pedí la mesa. No me sorprendió. A juzgar por sus baños, este restaurante prometía ser uno de los que más atrae a personas con angustia social en toda Inglaterra.

Lo seguí hasta la mesa que estaba... un momento, ¿cómo? ¿En medio del restaurante?

"Es una mesa para uno, pero no está en un rincón", me dijo sonriendo, mientras colocaba el menú. "Que disfrute y déjeme saber si necesita algo".

"Lo que necesito es una mesa en un rincón", casi le grito. Y capaz lo hubiera hecho si no estuviera pasando por un momento de tanta fobia social. Aunque claro, si no hubiera estado angustiada no necesitaría una mesa en una esquina en primer lugar.

Los rincones son increíbles por el mismo motivo que lo son los baños. Cuantas más paredes haya alrededor tuyo separándote de otros mejor.

En vez de eso, me colocaron justo entre dos mesas, ambas con parejas que estaban en sendas citas.

Recuerdo ese día como el día en que aprendí a insistir en que me den una mesa en una esquina. Aquellos a quienes se lo pidas te mirarán como si fueras un bicho raro porque seguramente sean personas a quienes no les importen los rincones y los baños públicos.

Son personas que van a fiestas y les gustan.

Si yo voy a una fiesta me excuso al menos una vez por hora y me voy a sentar a algún lado. Encuentro un rincón (oh, los rincones), una escalera, o salgo y busco un callejón cercano.

Una vez allí respiro profundamente. Unos 15 minutos más tarde siento que debo regresar y me obligo a sonreír y a hacer ver que estoy escuchando las conversaciones, pero lo más probable es que me esté enfocando en no estar en el camino de personas que pasan cerca mío o en las voces a mi alrededor que se tornan cada vez más ruidosas.

Puedo funcionar. Tengo un trabajo con el que no suele interferir mi fobia social. Tengo amigos, pero prefiero verlos en sus casas más que en cafés.

Si tengo que ponerle un nombre a estos sentimientos que tengo uso palabras como "angustia social".

Para ser franca, no estoy segura de cuál es el término técnico. Fobia social, angustia social, introversión... nunca me diagnosticaron oficialmente.

Lo describo así: cuando hay demasiadas personas o cuando la gente es ruidosa y he estado con ellas demasiado tiempo empiezo a clavarme las uñas en la mano, comienzo a sudar y luego a hiperventilar.

Google me informa que es el comienzo de un ataque de pánico, pero Google también me dice que Magnus ahora está comprometido con una modelo, así que prefiero no tomar como hecho todo lo que dice Google.

Podría, por supuesto, tratarse de alguno de los otros diagnósticos que he recibido a lo largo de mi vida:

Vaga: "Vamos, ¿esto es solo porque no quieres subirte al metro en hora pico? ¡Mala excusa!".

Antisocial: "Nunca vienes a fiestas, ¿cómo se supone que harás amigos?

Rara: "¿Por qué estás sentada en un rincón? La gente está bailando, ¡ven!".

Aburrida: "Pareces muerta cuando estás con otras personas".

Estúpida: "No hablabas y seguías observando todo a tu alrededor así que asumimos que no sabías nada".

O simplemente arrogante: "No te despediste de nadie, simplemente te fuiste, como si creyeras que eras mejor que nosotros".

Me han llamado "diva" muchas veces. Y supongo que podría serlo sin problema porque, si alguna vez fuera famosa -digamos como Madonna-, mi primer requisito sería que me preparen una mesa en un rincón donde sea que vaya.

Y solo cenaría en restaurantes que tengan baños de cinco estrellas aptos para la angustia social.

Pero sobre todo, solo quiero una mesa en una esquina.

Fuente: BBC